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Mikel Lejarza. Presidente Atresmedia Cine

Verdi es maravilloso , pero no es obligatorio


El cine español provoca más opiniones que películas, pero las cifras no engañan . En 2013 el cine español facturó 71 millones de euros, 50 menos que en 2012, alcanzando una cuota del 14% , cinco puntos inferior al año anterior, la cifra más baja de la década. A partir de estos datos, y pese a que la parte creativa va bien, toca repartir culpas y explicaciones ingeniosas a modo de soluciones prácticas para evitar lo que sin duda es un desastre en toda regla en lo que a finanzas se refiere.

Pero el cine español al hacerlo acude en exceso a lugares e ideas que reproducen modelos y pautas que son las que hemos usado para llegar hasta esta situación. Quizás convendría repensar cómo analizamos el problema, ya que las recetas que nos han acompañado hasta el desastre no son las mejores para sacarnos de él, y apostar por ellas sólo nos deja al pasado por delante.

En los últimos veinte años han cambiado más cosas en cuanto a la comunicación que en todo el siglo XX, donde sin duda el cine ha sido uno de los medios más relevantes. Hoy en día cualquier profesional o empresa del sector sabe perfectamente que su trabajo no se dirige al cine o a la televisión, sino que lo hace al audiovisual y, sin embargo, se mantienen leyes, estructuras, academias o premios, dirigidos sólo al cine. Se trata de la música, no del jazz, el rock o la Opera. El Cine es una parte del audiovisual en estos años en los que las historias son transmedia o no son y donde los grupos que las producen y las promueven son desde hace tiempo grupos de comunicación audiovisual en los que se generan por igual programas de Televisión, largometrajes, espacios radiofónicos, libros o webs con contenidos propios.

Con esta realidad, ¿qué sentido tiene obligar a los editores de dichos grupos multimedia a tratar al cine de un modo diferente al resto de sus actividades, hasta el punto de convertirlo en obligatorio? La práctica seguida los últimos años sólo ha servido para que el cine lejos de presentarse como una oportunidad para los mayores grupos de comunicación del país, lo ha hecho como una pesada y nada interesante obligación que lo ha convertido en impopular y escasamente querido para sus intereses. Los editores audiovisuales aman contar historias, pero les gusta hacerlo con el lenguaje que en su momento prefieran usar y con aquel que les permita llegar al mayor número de público posible. En el siglo XXI debería haber una Academia, unos Premios, unas Leyes, del audiovisual, de igual manera que también hay unos profesionales, unas empresas y una práctica diaria de todos ellos que se define como audiovisual y transmedia .

El cine es maravilloso y nuestras vidas serían diferentes sin él, pero en un futuro inmediato será difícil competir contra los televisores conectados con calidad 4K , en los que podremos ver cualquier película al mismo tiempo que en las envejecidas salas de cine tradicionales. Los que saben de esto hablan de unos pocos miles de extraordinarios locales en todo el mundo en los que poder vivir experiencias visuales fuera del alcance de las pantallas domésticas. En algunas ciudades ya están experimentando con sistemas así. No hay que rasgarse las vestiduras por ello. La ópera no ha muerto y el cine tampoco lo hará, pero no podemos pedir que para seguir siendo lo que fueron, los convirtamos en prácticas obligadas. Partir de ese supuesto, con la mirada puesta en un marco audiovisual y no parcial, centrarse en buscar las mejores historias posibles sin obligaciones previas, con narrativas transmedia, parece un buen modo de comenzar a debatir qué hacemos con el cine en el Siglo XXI. Lo demás es repetir errores muy costosos y de eficacia nula si de crear un sector próspero, autosuficiente y atractivo para la inversión se trata.

Mikel Lejarza
Presidente Atresmedia Cine
 

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