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Querer Comprender

Ni el tiempo ni la memoria: conversando con Patrick y Stefanos, sus compañeros de retiro en una isla griega, Jesse insiste en que ninguna de estas obsesiones guía la novela que ahora escribe; que esboza durante las semanas, lo desconocemos entonces, que terminarán poco después de la tarde y la noche en las que sucede Antes del anochecer. Jesse lo subraya mientras se demora enumerando personajes —ridículos por grandilocuentes— y circunstancias, y a la vez declarando las intenciones de la película: no el tiempo, tampoco la memoria, sino el amor de nuevo, pero de otra manera.

En Antes del anochecer difieren el punto de partida y la estructura, y por eso se justifica quizá el prólogo excesivo, en su duración y —sobre todo en la escena del almuerzo— en su teatralidad: una mirada al pasado de cada uno —de ahí la importancia del hijo del primer matrimonio de Jesse, frente al peso nulo de las gemelas— y un recorrido por las etapas del amor que transitaron Antes del amanecer y Antes del atardecer. Se sienta a la mesa una relación en sus primeros meses, unos hipotéticos Jesse y Celine reencontrados en Viena, y dos amigos viudos que evocan las luces de sus matrimonios, otro vaticinio para nuestros protagonistas si superan los obstáculos, y una pareja de su edad en la que reflejarse o hallar —según— las diferencias.

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Vente pa’ Euskadi, Rafa

Borja Cobeaga y Diego San José son unos sentimentales. Y aunque ‘Pagafantas’ y ‘No controles’ hacían gala de humor ‘destroyer’ y tope rallante, que diría Juancarlitros, en el fondo eran comedias románticas que revisaban, y refrescaban, las señas de identidad del género sin perder de vista el pasado. Y eso es lo que los guionistas guipuzcoanos vuelven a hacer en ‘Ocho apellidos vascos’, su tercer largometraje escrito a cuatro manos, ahora sin Cobeaga tras la cámara: una comedia romántica de corte clásico (chico conoce chica) que se carcajea además, con ganas y sin tregua, de nacionalismos y visiones obtusas de la vida, tengan el color (especial) que tengan.

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Teoría de David Lynch y el bocata de calamares    

‘Mulholland Drive’, una de las películas más apasionantes de David Lynch, nació como piloto para una serie de televisión que nunca vio la luz (ay, si lo hubiera pillado ahora la AMC...). Con el apoyo de Canal Plus Francia, el genio de Montana rodó material adicional para dar un nuevo giro y todo el (sin)sentido a la delirante obra maestra que conocemos. Ese mismo espíritu, esa sensación de duermevela, de historia rara que te cuenta el vecino de arriba y nunca terminas de creerte, ese ‘what if...’ que abre las puertas a realidades alternativas pero mundanas, recorre ‘Gente en sitios’; o lo que es lo mismo, Juan Cavestany compartiendo bocatas de calamares con David Lynch en algún grasiento bar de algún barrio madrileño, signifique lo que signifique esto.

Si aún existieran los videoclubes tal y como un día los conocimos, ‘Gente en sitios’ podría estar en la estantería de drama, en la de comedia, en la de ‘españolas’ o incluso en la de terror aunque posiblemente no habitaría en ninguna de ellas. Habría que buscarla en ese rincón de las rarezas al que iban a parar las indefiniciones que habitan los arrabales del cine convencional. Y esa es precisamente la mejor virtud del nuevo filme de Cavestany: su capacidad para estar aquí (en este momento, en este país y en ‘nuestra’ industria, con rostros tan reconocibles como los de Maribel Verdú, Santiago Segura, Eduard Fernández o Ernesto Sevilla) y allí (en cualquier lugar, real o imaginario, donde lo absurdo, lo inesperado, bloquee las cerraduras de la realidad) sin estar en ninguna parte.

Ficha técnica

  • Direccción y guión Juan Cavestany
  • Música Nick Powell, Aaron Rux
  • Fotografía Juan Cavestany
  • Reparto Antonio de la Torre, Maribel Verdú, Irene Escolar, Santiago Segura, Carlos Areces, Eduard Fernández, José Ángel Egido, Raúl Arévalo, Adriana Ugarte…

     

‘Gente en sitios’ es un puñado de historias mínimas, independientes a primera vista, que transcurren en escenarios cotidianos (el bar de la esquina, el atasco de mediodía, el rellano de tu escalera, el colegio de los críos), y en las que entran sin avisar, de la mano de una estética deliberadamente feísta y destartalada, la duda, el surrealismo y el miedo. El tono es distinto en cada una –del humor ‘chanante’ al terror minimalista, pasando por el drama social o la comedia sentimental— pero el discurso es unánime: la crónica del desconcierto ante una realidad (nuestra realidad) que se aventura tan borrosa y espectral como esa bandera de España de la madrileña plaza de Colón que divisa uno de los personajes en el tramo final del filme.

Sorprendentemente compacta y uniforme para ser una película de episodios, ‘Gente en sitios’ funciona además como una castiza relectura de ‘Short Cuts’: como en la película de Robert Altman, edificada a partir de textos de Raymond Carver, un ¿fenómeno natural? hermana a los personajes anónimos (algunos fascinantes, como ese fotógrafo que recuerda al cowboy de ‘Mulholland Drive’) que pululan en este elogio (enorme el Cavestany guionista) del relato corto que se revela como una original, suicida y, posiblemente, irrepetible propuesta del cine español. Aventura, por cierto, ignorada en los Goya, como esa cinematografía que se escribe en los márgenes de lo convencional (‘A puerta fría’ o ‘Ali’, por barrer para casa). Historias de tinta invisible, como las que escribe en su bloc el camarero, de algún grasiento bar de algún barrio madrileño, al que Cavestany y Lynch piden sus bocatas de calamares. Signifique lo que signifique esto.

 

‘Gente en sitios’ puede verse en Filmin

 

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Almería, 1966

Tras el claustrofóbico desencanto que resonaba en el cuarto de baño y en los cuerpos desnudos de José Sacristán y María Valverde en ‘Madrid, 1987’, David Trueba ha puesto rumbo al sur (este) en busca de espacios abiertos (los de una bellísima, brutal Almería) y personajes soñadores en ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’. No por casualidad la primera versión del guión que firma el propio Trueba se llamó ‘Almería, 1966’, como si este su quinto largometraje fuera un prólogo esperanzado de aquél: antes del sentimiento de derrota tras la conquista de la libertad, hubo un tiempo donde todo estaba por derruir y reconstruir, parece querer decir el cineasta madrileño con este díptico.

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Y la imagen se hizo carne


En una de las escenas de la fría, inquietante y llena de recovecos en su (aparente) simplicidad ‘Caníbal’, la radio siempre encendida en la sastrería de Carlos (Antonio de la Torre) habla de cómo los grafitis afean y devoran el patrimonio de Granada. En otra ocasión, las noticias cuentan que han robado y dañado una imagen religiosa, de esas que van pasando de mano en mano por el barrio, para quedarse con los donativos de los vecinos. Y escuchamos, siempre en segundo plano, lo que parece un caso de corrupción. Nada de esto altera a Carlos mientras marca con tiza el corte de sus creaciones y rasga con la tijera la tela que acabará convertida en traje. Un traje tan impecable como el que viste delante de sus vecinos aunque se muestre desnudo ante el espectador desde la primera, magistral, secuencia en la gasolinera: Carlos, el sastre de las cofradías, el tipo de apariencia respetable –educado sin ser empalagoso, amable sin tomarse confianzas— es un caníbal. Mata a mujeres jóvenes, las hace filetes y luego las devora. En soledad. Mirando al vacío. No sabemos si en sus ojos hay dolor, placer, culpa, tristeza o vacío. O quizás tememos que, precisamente, hay una mezcla de todo.

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Caballeros con espada

En un mundo regido por las acartonadas normas que dictan abogados y burócratas, un joven decide rescatar del olvido el espíritu idealista de los caballeros. La frase resume el arranque de ‘Justin y la espada del valor’ pero también funciona como metáfora del logro conseguido por los estudios de animación granadinos Kandor Graphics: frente al libro negro de la crisis (léase también la amenaza del ‘ivazo’, el sentimiento de inferioridad en un género con poca tradición en nuestro país..., que cada cual elija su motivo para el castizo fracaso anunciado), Manuel Sicilia y su equipo han levantado, a golpe de ilusión, talento, trabajo y sacrificio, una colorista y entretenida cinta familiar con vocación internacional (ya ha sido vendida a 150 países) que supone un pequeño paso de gigante en la senda marcada por títulos como ‘Planet 51’, ‘Arrugas’ y ‘Las aventuras de Tadeo Jones’. Contra los molinos de viento del ‘no se puede’, sueños quijotescos hilvanados en la tierra de la Alhambra.

‘Justin y la espada del valor’ no disimula sus hechuras de clásico de aventuras infantil; es más, las potencia. El guión, escrito por el propio Sicila y Matthew Jacobs, sigue el tradicional esquema del viaje del héroe, una aventura iniciática en la que resuenan ecos de la inocencia Disney de los años cincuenta y sesenta. Inocencia, sí. Y humor blanco, sin dobleces ni guiños pícaros para los adultos. Y valores como la constancia, la nobleza, la igualdad, la sencillez y el respeto que se deslizan por la trama sin caer en moralinas. 

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Una sección de Elena Medel

Tenía cinco años y mi padre me llevó al cine de verano: Tango y Cash fue mi primera película en pantalla grande. Que Konchalovsky trabajara con Stallone y con Tarkovski marcó mi cinefilia posterior, entre el bol grande de palomitas y la soledad de los subtítulos. Escribo artículos sobre cultura, tendencias y viajes para medios de comunicación como El País, coordino la revista de literatura Eñe y trabajo en La Bella Varsovia, que es mitad editorial de poesía y mitad empresa de gestión cultural. También he publicado algunos libros de poemas. Mi sesión favorita es la primera, de cuatro a seis, porque hay menos gente.

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