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'Caníbal'

Y la imagen se hizo carne


En una de las escenas de la fría, inquietante y llena de recovecos en su (aparente) simplicidad ‘Caníbal’, la radio siempre encendida en la sastrería de Carlos (Antonio de la Torre) habla de cómo los grafitis afean y devoran el patrimonio de Granada. En otra ocasión, las noticias cuentan que han robado y dañado una imagen religiosa, de esas que van pasando de mano en mano por el barrio, para quedarse con los donativos de los vecinos. Y escuchamos, siempre en segundo plano, lo que parece un caso de corrupción. Nada de esto altera a Carlos mientras marca con tiza el corte de sus creaciones y rasga con la tijera la tela que acabará convertida en traje. Un traje tan impecable como el que viste delante de sus vecinos aunque se muestre desnudo ante el espectador desde la primera, magistral, secuencia en la gasolinera: Carlos, el sastre de las cofradías, el tipo de apariencia respetable –educado sin ser empalagoso, amable sin tomarse confianzas— es un caníbal. Mata a mujeres jóvenes, las hace filetes y luego las devora. En soledad. Mirando al vacío. No sabemos si en sus ojos hay dolor, placer, culpa, tristeza o vacío. O quizás tememos que, precisamente, hay una mezcla de todo.

Desde ‘La flaqueza del bolchevique’, en la que adaptaba la novela homónima de Lorenzo Silva, hasta este ‘Caníbal’, el cine de Manuel Martín Cuenca ha ido despojándose de añadidos: en su anterior filme, ‘La mitad de Óscar’ –que, en cierto sentido, sienta las bases formales de éste—, dos hermanos se reencontraban tras años de ausencia. Aquí, un sastre caníbal se enamora de la hermana de una de sus víctimas. Sinopsis de apenas un par de líneas que echan raíces y crecen en el interior de los personajes. Es un regreso a la esencia de la narración audiovisual, un retorno a la imagen como eje del relato.

El trabajo de composición y fotografía (Pau Esteve Birba, premio a la mejor fotografía en San Sebastián) es exquisito y los diálogos, precisos, podrían ser prescindibles: todo es la imagen. No hay música: los sonidos diegéticos –los tambores de las procesiones, la campana de la iglesia, el golpe de un coche contra un cuerpo, el machetazo sobre la carne, el propio silencio— marcan la cadencia de la historia. Un ritmo lento, sello de la casa, que guía los acontecimientos en una procesión de planos fijos hasta ese punto de no retorno donde ya sólo queda arrojarse al abismo.

Ficha técnica

  • Director Manuel Martín Cuenca
  • Guión Manuel Martín Cuenca y Alejandro Hernández (inspirado en la novela ‘Caríbal’ de Humberto Arenal)
  • Reparto Antonio de la Torre, Olimpia Melinte, María Alfonsa Rosso, Manolo Solo.

Como otros personajes de Martín Cuenca, Carlos vive reprimiendo sus pulsiones en su propia celda interior, encerrado. El cineasta lo presenta, adoptando el punto de vista del espectador, en el interior de un coche y lo muestra a menudo tras una ventana desde la que le provoca, con hitchcockiano voyeurismo, la sensual Alexandra y luego le enamora la desvalida Nina; tras las rejas de su taller de la Acera del Darro (esa Granada también encerrada en un ayer impreciso) donde lo miraremos por última vez a la cara, donde veremos –ahora sí, desde fuera— el rostro de un Antonio de la Torre enorme en la engañosa sencillez de la contención extrema, en el juego de leves matices que le transforma de depredador a presa.

Historia de redención –o condena eterna, la mirada del espectador dirá—, ‘Caníbal’ juega con la iconografía de la religión católica (el pan y el vino, la comunión, la ‘Piedad’ del cartel promocional) y su credo: la pasión, la muerte, la resurrección (alargada y genial la sombra de ‘Vértigo’ en la dualidad Alexandra/Nina: todo un hallazgo Olimpia Melinte), la caridad, la entrega, el sacrificio, la confesión. Tiene latido de cine negro a la europea –más cerebral que el ‘hollywoodiense’— y pulso de terror seco –el primer crimen, la secuencia de la playa— y encaja perfectamente con lo que el gran público puede entender como cine de autor. No es fácil de ver ni pretende serlo.

En ‘Caníbal’ asusta más lo que se oculta que lo que se muestra. El fuera de campo es un universo de incógnitas que Martín Cuenca deja sin resolver a conciencia para que el espectador saque sus propias conclusiones o para que, simplemente, navegue en la confusión. Corren tiempos extraños cuando escuchamos las noticias de la radio con la mirada perdida en el vacío.
 

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