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La herida

El grito, la prédica, el silencio

La herida es una película funámbula. Entre la seguridad relativa de la cuerda floja y el golpe del vacío, la película de Fernando Franco se mantiene —más correcta que armónica— entre extremos: entre la sutileza y la narrativa explícita, entre el infierno —casi siempre— del primer tramo y el cielo —casi siempre— del segundo, entre lo simbólico y lo tangible, suele inclinarse hacia el extremo más evidente, el que reconoce de inmediato la mirada.

Si el título remite a las heridas de Ana, su protagonista, tanto a las físicas como a las de la memoria, también la herida significa la propia Ana. Ana es la herida, por tanto; es la que se daña, y la dañada. La herida gira en torno a ella, y es Ana, sin más. Ningún otro personaje vive aparte, y todos obedecen y actúan al servicio de la historia, en función de ese no-saber-qué-esperar de ella. Por cierto, La herida también es Marián Álvarez, que mide la intensidad con sabiduría y suele pisar el freno.

Ficha técnica

  • Director Fernando Franco
  • Guión Fernando Franco, Enric Rufas
  • Música Varios
  • Fotografía Santiago Racaj
  • Reparto Marian Álvarez, Ramón Barea, Manolo Solo, Rosana Pastor, Andrés Gertrudix, Ramón Aguirre

Fernando Franco acierta cuando calla. Cuando permite que el espectador imagine en qué empleará Ana la cuchilla, pese a que casi siempre dé un paso más allá —y se tropieza— y acabe mostrando y, por tanto, cayendo; cuando esboza el vínculo entre Ana y quienes le rodean, entre Ana y su novio y su compañero de trabajo o los pacientes a los que trasladan en la ambulancia, y la elipsis abre las posibilidades, sobre todo en la relación con el padre.

El director cita entre sus influencias a los hermanos Dardenne y el cinéma vérité, y no resulta complicado descubrir herencias en el lenguaje de La herida, un proyecto de documental que se transformó en ficción cuando Franco comprobó la delicadeza del material que barajaba —otro de sus aciertos: el respeto—. Cámara al hombro, siguiendo de cerca de Marián Álvarez, mostrándonosla de espaldas en muchas ocasiones —por trazar una de esas metáforas tan alejadas de la dicción de Fernando Franco, mostrándonos a la Ana que la propia Ana desconoce—, La herida registra sus vaivenes, brillando cuando se aleja de sus modelos y perdiendo fuelle cuando los respeta.

Nos atenazan los mejores momentos de La herida, esos del silencio, y nos sacan de la historia los más excesivos, los de los la violencia más explícita, los que subrayan el Trastorno Límite de la Personalidad que sufre Ana. Sin embargo, aunque La herida sea una película sobre la enfermedad, la imaginamos también como una película sobre el rumbo incierto, sobre la incomprensión. Ahí, cuando se vuela, se eleva La herida.

Octavio Paz definió la poesía de Blanca Varela a pinceladas. «El grito, la prédica, el silencio: tres deserciones. Contra las tres, el canto». No tiene que ver, pero sí tiene que ver. Fernando Franco elude el sensacionalismo, el juicio y la distancia aséptica. Desde esa distancia, y con esa distancia, solo entonces, La herida canta.
 

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