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Orensanz

 

Espacio

¿Qué diferencia media entre la ficción y el «relato factual»? Lo pregunta el sociólogo Al Orensanz a la escritora Silvia Nanclares cuando “Orensanz” apenas se tantea. Ambos charlan en la antigua sinagoga neoyorquina que acoge la sede de la fundación con el nombre del «artista global» Ángel Orensanz: Silvia desea saber para contar luego, y explica que el texto lo decantará aquello que escuche. Entonces, Al Orensanz lo plantea: ¿qué distancia una historia inventada de una historia también construida, también elaborada, aunque con mimbres que existen? Tirando del hilo: ¿por qué nombramos “Orensanz” como documental y no como invención?

Esta cuestión ocupa uno de los espacios que “Orensanz” deja libre al espectador. ¿Qué nos brinda? Porque la película respira, se forja conforme avanza, y crece y madura a nuestra vista, y deja visibles las costuras, las referencias y las intenciones. Hablábamos del fondo, hablamos de la forma; Rocío Mesa —es su primera película— empieza a mirar, cuenta siempre con quien mirará con ella, y sobre todo —y con otro espacio: el que cede la música de David Cordero— opta por la metáfora frente a la palabra, por ese espacio en blanco que uno debe rellenar con su bagaje en lugar de asumir el discurso de una hipotética voz en off. No ocurre en “Orensanz”.

En “Orensanz” sucede que la película se hace cuando la miramos, y se hace cuando no piensa en Ángel Orensanz y cuando —en cambio— se encuentra con sus amigos de la infancia, con los turistas que admiran su legado o con los asistentes a los que ignora. Nacido en la pedanía oscense de Larués, hoy con menos de un centenar de habitantes, Ángel Orensanz reside entre Europa y Estados Unidos, y contemplamos la instalación de sus esculturas —con mucho de performático, de escénico; Orensanz es consciente de sí— y le oímos perorar sobre las cualidades artísticas de su castillo en Francia en escenas —las pocas dedicadas estrictamente a su obra— crueles de tan desnudas.

 Ficha técnica

  • Directora Rocío Mesa
  • Guión Rocío Mesa
  • Música David Cordero
  • Fotografía Darío García
  • Reparto Ángel Orensanz, Al Orensanz, Silvia Nanclares, pueblo de Larués

Porque Orensanz sirve como la excusa de “Orensanz”, aunque no la protagoniza, y se muestra como un Godot en cuya ausencia se regodea. Ese vacío nos acerca a personajes mucho más atractivos, que hacen “Orensanz” y con los que “Orensanz” se hace: su hermano Al, consagrado a la promoción de la obra de Ángel, desdibujado en él, o el picapedrero de Larués, con su relación pura con el arte, que concibe como oficio y cobijo al mismo tiempo, en contraste con la del pintor y escultor. “Orensanz” nos acerca a su obra, sí, que en cierto modo se corresponde con él mismo, pero se hace fuerte en la metáfora y nos arroja a otros espacios.

“Orensanz” trata sobre la identidad: su búsqueda, su construcción, nunca sinónimos. Y sobre la afirmación de uno mismo en tensión, más que en relación, con el lugar; uno según allá donde nace, uno según allá donde decide vivir. O acerca del derecho a la gozosa diferencia, y al mismo tiempo las recepciones —el acuerdo, el conflicto: las diatribas en el pueblo en torno a la conveniencia o no de un homenaje— a ese empeño en ser como uno quiere. La fama. Las ovejas negras, claro. La emigración. El contraste evidente entre Larués y el Lower East Side, el barrio neoyorquino que alberga su fundación. La creación: la idea, el proceso, el trabajo. Y más.

Recibimos “Orensanz” como un bello prodigio: una película inteligente y cómplice, fácil en lo difícil, acaso la mejor —la más honesta, en mi opinión, y la que más maduros frutos obtiene de su riesgo— de cuantas el cine andaluz estrenó el año pasado. Una película en la que, hacia su final, brilla una escena dura e hipnótica: una reflexión sobre la muerte y la vida que se fragua sola, en la que basta observar para no olvidárselo. Eso, justo eso, a lo que aspira el gran cine, a contar la vida sin más herramientas que la de la mirada, lo consigue Rocío Mesa en “Orensanz”.
 

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