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'Sé Villana: La Sevilla del diablo'

 

Sevilla: instrucciones de uso

El lema de la capital de los lugares comunes asegura que la realidad supera cualquier invención, y puede que ahí se pregunte María Cañas para qué esforzarse en fabular cuando al día a día le sobran ya no historias, sino materiales ya dispuestos para deshacer y rehacer y hacer y contar. En fin, que en ocasiones la ficción no basta o no tiene que bastar, y por eso “Sé villana: la Sevilla del diablo” se nutre de imágenes y de sonidos y de textos de otros, de manera íntegra, y en ella María Cañas teje la Sevilla sobre la que quiere hablar con la Sevilla de la que otros han hablado antes.

Y trenza Cañas un homenaje que es al mismo tiempo bello y triste a su ciudad —traza algo así como unas instrucciones de uso, y no me parece gratuito mentar aquí a Perec: algo de su apropiación, algo de su mirada, late en “Sé villana” y en obras anteriores—, y resulta que duele: que la ironía y el humor de María Cañas —ya desde el título—, como aciertan, como tienen razón, aunque nos empeñemos en negársela, dibujan una mueca que a qué se deberá, si a la sonrisa pura o a la del compromiso, no vaya a notársenos la incomodidad.

Justo eso, justo la molestia del espectador, se debe al acierto inteligente y crudísimo de Cañas, que juega a contraponer imágenes y a confundir narraciones, y a acercarse a Los Pilares de la Tierra (sevillana o andaluza, que tanto monta) para zarandearlos. “Sé villana: la Sevilla del diablo” maneja lo que ya está, las grabaciones de informativos o programas de entretenimiento más o menos contemporáneos y los archivos rescatados del NO-DO o de Youtube, y declara intenciones con unos versos de Luis Cernuda, y se hace fuerte en la paradoja, y a la paradoja cede toda la importancia.

Ficha técnica

  • Director María Cañas
  • Guión María Cañas
  • Montaje José de Carricarte
  • Sonido José de Carrocarte 

Así, la voz que declama un discurso de anuncio sobre la capacidad de acogida —Feria mediante— coincide con las imágenes de la Sevilla alejada de las postales, y Cañas combina el souvenir —tapas, toros, flamenco— con la ciudad que escuece: pobreza, violencia, la certeza de que las décadas no nos han cambiado, de que lo que se derribe se regenerará y crecerá. Por ahí tira María Cañas: en lo geográfico y en lo emocional, el centro frente a los márgenes, y viceversa, y a ver quién resiste.

Esas obsesiones —la periferia, la resistencia, la crítica, el molde roto— las ronda “Sé villana: la Sevilla del diablo”: y el amor a Sevilla o el odio a Sevilla, o más bien el amor a quienes viven en Sevilla y el odio a lo que Sevilla representa para quienes vienen-ven-vencen-y-se-van, y quien dice Sevilla —ojo— dice Andalucía. La mala uva con la que se retrata la ciudad que se vende, y el cariño con el que se plasma a quienes creen en ella y a quienes se la creen. El homenaje a quienes resisten, a quienes se instalan en los márgenes y a quienes actúan como les da la gana y se lo toman todo de otra manera. En ese espacio crea María Cañas, y en ese espacio se desenvuelve “Sé villana”.

La protesta convierte —pintura roja mediante— la estatua de la Duquesa de Alba en un tributo a una superheroína, y el flamenco se baja del tablao para vestirse de performance en un banco. Sin embargo, son otros los momentos más espectaculares de esta película de María Cañas, quizá porque parten de la propia directora, más allá de la labor de selección y ensamblaje: los minutos sobre Semana Santa e infancia, por mencionar poco y no anular el efecto sorpresa, en una sucesión y combinación de imágenes —extraídas, sobre todo, de la televisión pública— que insisten en ese gesto de una sonrisa que no se sabe a qué responde; en otro, Michael Jackson baila y Camarón de la Isla canta, y no sé qué tal suena, pero ahí queda. A “Sé villana: la Sevilla del diablo” toca acercarse sin prejuicios, asumiendo sus ganas de no caer bien a la primera.
 

 

 

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