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'Antes del anochecer'

Querer Comprender

Ni el tiempo ni la memoria: conversando con Patrick y Stefanos, sus compañeros de retiro en una isla griega, Jesse insiste en que ninguna de estas obsesiones guía la novela que ahora escribe; que esboza durante las semanas, lo desconocemos entonces, que terminarán poco después de la tarde y la noche en las que sucede Antes del anochecer. Jesse lo subraya mientras se demora enumerando personajes —ridículos por grandilocuentes— y circunstancias, y a la vez declarando las intenciones de la película: no el tiempo, tampoco la memoria, sino el amor de nuevo, pero de otra manera.

En Antes del anochecer difieren el punto de partida y la estructura, y por eso se justifica quizá el prólogo excesivo, en su duración y —sobre todo en la escena del almuerzo— en su teatralidad: una mirada al pasado de cada uno —de ahí la importancia del hijo del primer matrimonio de Jesse, frente al peso nulo de las gemelas— y un recorrido por las etapas del amor que transitaron Antes del amanecer y Antes del atardecer. Se sienta a la mesa una relación en sus primeros meses, unos hipotéticos Jesse y Celine reencontrados en Viena, y dos amigos viudos que evocan las luces de sus matrimonios, otro vaticinio para nuestros protagonistas si superan los obstáculos, y una pareja de su edad en la que reflejarse o hallar —según— las diferencias.

Ficha técnica

  • Director Richard Linklater
  • Guión Richard Linklater, Julie Delpy, Ethan Hawke
  • Música Graham Reynolds
  • Fotografía Christos Voudouris
  • Reparto Julie Delpy, Ethan Hawke, Seamus Davey-Fitzpatrick, Jennifer Prior, Charlotte Prior, Xenia Kalogeropoulou, Walter Lassally, Ariane Labed, Yannis Papadopoulos, Athina Rachel Tsangari, Panos Koronis

Y hacia la mitad de Antes del anochecer comienza la película; comienza la película real. Comienza tras los hombres con los hombres, las mujeres con las mujeres —Celine, tan libre antes, se siente atada: así lo reflexiona, y así nos lo repite—, las unas con los otros; comienza cuando Celine y Jesse, igual que en las entregas anteriores, pasean en soledad y hablan, hablan, hablan. Y con ese ir y venir, con ese charlar sobre un asunto y otro, conocemos lo que su devenir nos había negado: el aburrimiento y la rutina, los deseos que nuestra pareja verbaliza aunque nos empeñemos en ocultarlos, porque nos conoce tan bien, y el miedo a que todo se acabe e incluso la resignación porque todo se acaba.

No el tiempo, tampoco la memoria, sino el amor de nuevo, pero de otra manera: su descubrimiento y su volatilidad, su regreso y sus dudas, sus bostezos o su condición perdurable. De otra manera y de forma, ya de paso, que nos pille bien cerca: el éxito de la trilogía protagonizada por Jesse y Celine, a quienes dan vida —no se trata de una expresión hueca— Ethan Hawke y Julie Delpy, reside en la posibilidad de identificación que brinda al espectador; en esta proximidad late, también, el mayor de sus peligros. Nos gusta esta trilogía porque nos reconocemos en ella: porque hemos querido bajar del tren junto a un desconocido, porque hemos imaginado visitar una ciudad que no es la nuestra y reencontrarnos con alguien que nos cambie la vida. Por eso nos gustan las películas, y los libros, y las canciones: porque nos muestran eso que hemos vivido o eso que soñaríamos vivir. Porque, al otro lado de la pantalla o de la página o de los altavoces, vivimos en esa película, en ese libro, en esa canción.

«Al salir del cine, solo, rumiando mi problema amoroso, que la película no ha podido hacerme olvidar, lanzo esta curiosa exclamación: ¡basta: que se acabe!, pero: ¡quiero comprender (lo que me ocurre)!», ajustó Roland Barthes en sus Fragmentos de un discurso amoroso a propósito del término “comprender”. Salí del cine pensando que me gustaría comprender a esta Celine y a este Jesse, y que quisiera revisar Antes del anochecer dentro de diez o quince años, cuando ronde sus edades. Quizá por eso me haya costado conectar con Antes del anochecer, quizá por eso me haya entusiasmado menos que las anteriores: porque estoy en la edad de la entrega anterior, la de un Jesse y una Celine que confían en haber encontrado su sitio, pero se sienten perdidos en el fondo, y este Jesse y esta Celine con una vida más o menos firme, aunque se empeñen en tambalearla, me pillan lejos; me suenan extraños. He disfrutado con Antes del anochecer, por supuesto; me ha sorprendido sentir más a Jesse que a una Celine que gana en histrionismo —cada vez más cercana a la Delpy de las películas de Delpy—, y me ha interesado ese abismo entre hombres y mujeres en el que ahondan —el rol falsamente ingenuo y verazmente inferior que ella asume al coquetear con él, la actitud sana pero temerosa que percibimos como de igual a igual de él hacia ella, en la escena final—, pero no he comprendido a Celine y a Jesse. Espero que me ayuden, ahora sí, el tiempo y la memoria.

 

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