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'Tú y yo'


Los chicos lloran

Se aprende a golpes. Lo expresaron los griegos con un proverbio físico y rotundo, páthei máthos, en el que cada choque de la voz al pronunciar suena igual que cada choque del puño contra la piel o de la piedra contra la carne. Lorenzo, el adolescente de 'Tú y yo', aprende a golpes. No nos queda muy claro si lo consigue o si termina prometiendo que se rectificará con los dedos cruzados, para invalidar el juramento, pero durante esta película Lorenzo se daña y se conoce a la vez.

Lorenzo Cuni no se llama Antoine Doinel, por mucho que algunas de sus peripecias —o de sus presencias: ese plano final— nos inviten a confundirlo. Violento, a disgusto con quienes le rodean —bastaría, para retratarle, la escena de la tienda de animales: esa conversación con un desconocido, ese regodeo en la incomodidad que provocamos en el otro— porque sí, porque así lo disfruta y así lo elige, en lugar de viajar a la nieve con sus compañeros de instituto miente a sus padres y prefiere esconderse durante siete días en el sótano de casa. Acompañado por su ordenador y por sus novelas de vampiros —también él despertará cuando anochece—, con comida y bebida suficientes para esa semana —Bertolucci se demora en la preparación de su escapada/encierro—, la paz se quiebra con la irrupción de Olivia, su hermanastra, que también se daña y que también se conoce al mismo tiempo, durante los días de los dos bajo el piso del padre.

En los opuestos cimienta Bertolucci su película. La sobreprotección de la madre y la ausencia del padre —ni está para Olivia como Olivia quisiera, ni está para Lorenzo como Lorenzo quisiera—, la vida que se despierta en Lorenzo y que se apaga en Olivia, la actitud huidiza y a contracorriente del primer Lorenzo y —otra vez— el plano final que nos deja intuir un cambio, un aprendizaje tras la pelea… Frente a la luz rara de Soñadores, la tiniebla dulce de 'Tú y yo': Lorenzo y Olivia se ahogan a ras de suelo, y en cambio se sienten libres en la habitación del sótano, no sé si cómplices, sí obligados a acompañarse y a cuidar el uno del otro durante esos días que comparten. Antes del sótano no saben nada sobre ellos, quizá después del sótano se pierdan de vista al despedirse y traicionen lo que el uno sueña para el otro, y sin embargo mientras, allí abajo, se entienden y redimen.

Ficha técnica

  • Director Bernardo Bertolucci
     
  • Guión Niccolò Ammaniti, Bernardo Bertolucci, Umberto Contarello, Francesca Marciano
     
  • Música Franco Piersanti
     
  • Fotografía Fabio Cianchetti
     
  • Reparto Jacopo Olmo Antinori, Tea Falco, Sonia Bergamasco, Veronica Lazar, Tommaso Ragno, Pippo Delbono

Porque Lorenzo aprende a golpes, pero Lorenzo no protagoniza, sino que guía: no comparte con Olivia, sino que la protege. Una libertad en la traducción al castellano —la película, por cierto, reescribe la novela homónima de Niccolò Ammaniti: la ingenuidad del Lorenzo de la literatura se torna aquí insolencia, sobre todo durante el largo prólogo, y la fragilidad de la Olivia cinematográfica se tiñe de sensualidad— ha alterado el título: Io e te se presenta como Tú y yo y no como Yo y tú. La distancia del original —primero yo, egoísta, y luego tú, que me sirves y complementas— vira el significado: Lorenzo observaba la vida sin implicarse, se ocultó en el sótano, igual que jugaba a la entomología con un terrario de hormigas. ¿Cambia por Olivia? ¿Cambiará Olivia por él? ¿Quién ejerce de yo y quién se presenta como tú? ¿Lorenzo escucha a Olivia, Olivia habla a Lorenzo?

Corrigiendo la canción de The Cure que suena al principio, en la que Lorenzo se refugia a la salida del instituto, los chicos lloran: se intenta aprender a golpes y se intenta aprender a lágrimas. Bertolucci se resume: la carnalidad —con tensión esbozada entre los hermanos, y lograda sobre todo por una Tea Falco que unos momentos se come a Jacopo Olmo Antinori y otros nos agota de tan intensa—, la reconstrucción de uno mismo, la vuelta de tuerca a la inocencia, la aventura iniciática. En Tú y yo acopia con delicadeza sus obsesiones: una experiencia dura y tierna al mismo tiempo —sí, se puede—, catártica, física y rotunda igual que el proverbio griego.

 

 

 

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