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'La gran familia española'

Las buenas intenciones

Unas películas se te agarran, y otras ni se notan. Unas te remueven y te acompañan, y con el tiempo —el que sea— se te cruza la canción que sonaba en una escena o un diálogo que anticipó lo que te ocurre. Otras, en cambio, te entretienen sin más; pasas el rato, no duelen ni marean, y abandonas la sala y en el regreso a casa lo has olvidado todo. Ninguna opción es incorrecta.

La gran familia española es una película de consenso: que nadie salga descontento del cine. Chapotea en las aguas de la comedia y en las aguas del drama, sin zambullirse para nadar en una u otra o en las dos, y esta indecisión lastra la película: si busca algo más, si busca picar, no funciona por aspirar a todo. No se trata de ambición, sino de falta de riesgo, de miedo puro. Te divierten los gags y te interesa alguna trama, y la película no aburre, faltaría, porque tiene buenos momentos, pero hasta aquí. Hasta aquí y hasta que Sánchez Arévalo sitúa sus referentes en la comedia agridulce de Alexander Payne y el retorcido desencanto de Wes Anderson, y entonces no.

Entonces no salta de la lágrima a la sonrisa al algo más como las coordenadas en las que su director insiste, no se queda con el espectador, no moldea personajes a los que odiar y comprender. La excentricidad es impostada, como de esquema en el que se apuntan los rasgos de cada personaje-tipo, sin rastro de los perdedores con encanto de Entre copas o de la bendita y cabrona desestructura de Viaje a Darjeeling, contando todas esas vidas que no querrías vivir, pero que necesitas entender. Es el peligro que entraña apuntar tan alto.

Entre una película que pique y una película correcta, limpita, Sánchez Arévalo elige gustar al nieto gamberro y al padre sufrido y al abuelo entrañable y reunir a la familia frente a la pantalla. Quiere atarlo todo tanto que no mide, y asfixia sus historias, y a la vocación emocionante se le desinfla el melodrama: personajes sin claroscuros, especialmente planos los de ellas, o excesivas subtramas, en las que pronto se diluye la tensión entre los hijos y la madre o el conflicto del hermano mayor o la misma enfermedad del padre, y se otorga protagonismo a los menos interesantes triángulos amorosos. En cambio, si el espectador pretende la risa —y si Sánchez Arévalo la pretende también; eso es otro asunto—, la película funciona mejor cuanto más se descontrola: en la escapada de Adán, Benjamín y Fran, en el casi careo de las dos familias, en las escasas apariciones de la prima, en un homenaje a Blake Edwards —Raúl Arévalo mediante— que pedía al menos secundario y no simple cameo.

Ficha técnica

  • Director Daniel Sánchez Arévalo
  • Guión Daniel Sánchez Arévalo
  • Música Josh Rouse
  • Fotografía Juan Carlos Gómez
  • Reparto Quim Gutiérrez, Antonio de la Torre, Patrick Criado, Verónica Echegui, Roberto Álamo, Héctor Colomé, Miquel Fernández, Arantxa Martí, Sandra Martín, Sandy Gilberte, Raúl Arévalo, Pilar Castro

De La gran familia española te marchas como entraste. Puedes recordar para bien alguna interpretación —Antonio de la Torre, como de costumbre, y un Roberto Álamo dignificando un personaje construido para el chiste— y, para mal, el bochorno de algunos momentos, casi siempre vinculados al dibujo de los personajes: la interminable escena del baile, los continuos planos que muestran las Converse de los protagonistas, ¡ay, la modernidad! Y resulta curioso porque, de todas las películas de Sánchez Arévalo, La gran familia española es —frente a ese raro barniz de contemporaneidad, con la distancia, en lo visual— paradójicamente la más conservadora: retoma en sus obsesiones —la extrañeza ante los nuevos modelos de familia, las nuevas formas de amar y de amor o ese enigma llamado nueva masculinidad— para liquidarlas, más que resolverlas —o más que tantear la solución—, con campechanía.

Esta película es lo que es: España ganando el Mundial, sentimientos a flor de piel, Iniesta de mi vida, moralina y moraleja, San Iker, buenas intenciones. Que sí, que La gran familia española está bien, que se disfruta. Pero no te quiebra: te pasa de puntillas, y adiós
 

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