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Alberto Rodríguez y Rafa Cobos: “Rigurosidad es la palabra que mejor define nuestros guiones”

Director y guionista han trabajado juntos desde ‘7 vírgenes’. En esta charla nos dan las claves tanto de su proceso creativo como de su nueva criatura, ‘La isla mínima’

Bruno PadillaBruno Padilla|Sevilla

Después de realizar juntos tres guiones que valieron sendas nominaciones a los Goya en 2006 (‘7 vírgenes’), 2010 (‘After’) y 2013 (‘Grupo 7’), parece claro que los sevillanos Alberto Rodríguez y Rafael Cobos forman un tándem exitoso a la hora de escribir. Ahora han vuelto a desarrollar a cuatro manos el argumento de ‘La isla mínima’, motivo por el que CineAndCine ha conversado con ellos sobre su trayectoria y, en particular, sobre este último trabajo. 

"En el mercado de Cannes se rumorea (y mucho) que 'La isla mínima' de Alberto Rodríguez es buenísima. Muchas ganas de verla!". El tweet está escrito por el pixel y la letra (de teclado) de Juan Antonio Bayona. Aún habrá que esperar hasta el 26 de septiembre para ver este thriller policiaco rodado en Isla Mayor (Sevilla), presumiblemente en competición por la Concha de Oro en el 62 Festival de San Sebastián.

Llama la atención la forma en que cada uno complementa las frases del otro, cómo se ríen con las mismas cosas y asienten de modo recíproco a sus comentarios. A veces incluso llegan a responder una pregunta al unísono.

¿Cuál es el origen de vuestra relación profesional?

Alberto Rodríguez: Nos presentó un amigo común, el operador de cámara y director de documentales Mariano Agudo, y esa noche empezamos a hablar de literatura y de cine. Yo por entonces tenía una vaga idea de una película, que al final sería ‘7 vírgenes’, y se la comenté.
Rafa Cobos: Mi acercamiento al cine hasta entonces había sido más como desiderátum, lo que me hubiera gustado hacer en aquel momento. Pero sí es cierto que ya había escrito un guion relacionado con centros de menores, que no se había llegado a rodar, y tenía mucha documentación sobre el tema. Ese fue el vínculo con ‘7 vírgenes’, que bebía del mismo caldo.
AR: Poco tiempo después quedamos para vernos en este mismo bar, si mal no recuerdo…
RC: Efectivamente, en una de estas mesas.


 ¿Qué aspectos os aportáis el uno al otro a la hora de escribir un guion?

AR: Yo soy consciente de que tengo una serie de limitaciones, y una de ellas es que no soy guionista. Me interesa contar con alguien que sea menos vago que yo.
RC: Eso iba a decir yo, creo que tu gran limitación al escribir es la pereza (risas).
AR: Pero también necesito a una persona capaz de estructurar y aportar los andamiajes de un guion, que a mí me cuestan más trabajo. Yo me considero bastante mejor con la goma de borrar que escribiendo. Aparte de eso, creo que es mucho más interesante esa relación recíproca de trabajo. Lo que ha mejorado los guiones que hemos escrito juntos es que uno de los dos dice: “Oye, ¿esto no lo podemos hacer de otra manera?”. Cuestionamos mucho las cosas, y eso es lo que las mejora la mayor parte de las veces. 
 

Después de cuatro guiones, ¿cuál creéis que es la característica que mejor define vuestro trabajo conjunto?

AR: Los guiones que escribimos suelen ser muy esquemáticos, muy concretos y están escritos con mucha rigurosidad, la verdad.
RC: Sí, esa es la palabra: rigurosidad. Partimos del hecho de que esto no es literatura, más bien sería anti-literatura porque su vocación es otra. Pero yo creo que damos muchas vueltas a los guiones hasta hacerlos certeros. Al margen de eso, supongo que lo que nos acerca a Alberto y a mí, en muchos casos, es la percepción de la realidad y la ideología.
AR: Sí, al final en lo que solemos perder más tiempo es en hablar de una idea que va a contener la película. Bueno, no es que lo perdamos, lo ganamos. Pero muchas veces hablamos durante horas para no llegar a ningún sitio.
RC: Escribir es un proceso lento porque, si quieres que esté cercano a algo artesanal, necesita que cueza, que le des tiempo y lo mimes.
AR: En el fondo, yo pienso que las películas tienen que contener una idea, y que esa idea sea poderosa. Cuando lo es, casi siempre la película sale bien.


¿Habéis desarrollado muchas historias que al final no hayan visto la luz?

AR: ¿De guiones que hemos querido hacer y no hemos podido? Llevamos unos cuantos, sí (risas). Algunos los tenemos guardados ahí y espero que algún día se puedan hacer, porque creo que son buenas películas.
RC: Suele deberse a un problema económico, como casi todos los problemas.
AR: Hay proyectos excesivamente caros o ambiciosos para las posibilidades del momento. Luego también hubo algunos que no se supieron leer de una manera acertada y podrían haber salido adelante.
RC: Y además podrían haber generado mucho dinero.
AR: Pero… nunca se sabe. Antes de que saliera ‘Celda 211’, recuerdo perfectamente que me dijeron: “Las películas de cárceles nunca le interesan a nadie”.
RC: Un año después, aparece ‘Celda 211’ y lo peta.

¿De cuál de vuestros personajes comunes estáis más orgullosos?

RC: Para mí el personaje de Richi, que hace Jesús Carroza en ‘7 vírgenes’, no sólo porque él se ha convertido con el tiempo en un amigo, sino porque sintetizaba muy bien lo que creo que debe tener un personaje, esa serie de aristas y de emociones que se concentraban en él. También me parece que suma mucho el actor, por ejemplo en el personaje de Mateo que encarna Joaquín Núñez en ‘Grupo 7’.
AR: Claro, yo creo que tiene mucho que ver quién lo interpreta. Hay personajes que a priori eran pequeños y de pronto se vuelven muy grandes, y personajes que de pronto cobran 10 dimensiones porque aparece un actor que consigue hacer ese trabajo que, a lo mejor, a nosotros nos había quedado más pobre. En el caso de ‘Grupo 7’ también estaba José Manuel Poga, que compuso un personaje buenísimo, currándose él mismo un background maravilloso de folios y folios.

Aun con el anclaje del entretenimiento, la veracidad y el componente social siguen siendo una constante en vuestro cine, ¿cómo conseguís ese acercamiento?

Ambos: Es que son dos cosas distintas.
AR: Una es la verosimilitud…
RC: …y otra es el cine social.
AR: Creo que tanto en ‘Grupo 7’ como en ‘La isla mínima’ hay un mar de fondo, pero la parte de documentación la hacemos siempre porque es lo que consigue que las cosas sean creíbles.
RC: A mi juicio, verosimilitud y cine social son cuestiones diferentes, que a veces se pelean entre sí aunque también puedan ir de la mano, porque el elemento social siempre está en la construcción de una historia. No creo que estas películas sean más cine social que otras a las que ni remotamente meteríamos en ese saco. Además, la etiqueta cine social me parece peligrosa.
AR: Pero porque aquí en España se ha usado mucho en un sentido peyorativo. Ese cine que viene derivado, yo qué sé, del neorrealismo italiano, también se podría calificar como social y a mí me parece maravilloso.
RC: El cine norteamericano de los 70 es mucho más social que otros, como el cine francés de los 60, que coincidía con un movimiento contracultural muy importante. Pero no se habla de esas películas en términos de cine social. Es como si quisieran dar al cine español la impronta del cine social, y eso me parece negativo, porque nadie quiere pasarlo mal en el cine. No creo que el entretenimiento sea incompatible con el pensamiento.
AR: Pero bueno… esta película es una ficción, vamos, una ficción verosímil, pero ficción al fin y al cabo.

¿De dónde surge la historia de ‘La isla mínima’?

AR: Es un poco raro, porque empezó todo por una exposición que vimos de Atín Aya, fotógrafo que murió hace unos años. Al final compré el catálogo…
RC: Por cierto, tengo tu catálogo.
AR: Sí, bueno… está bien saberlo (risas). Me parecían maravillosas sus fotos, que reflejaban el final de un tiempo, de una forma de vida. En esa zona de las marismas del bajo Guadalquivir, estaba todo edificado a finales de los años 30. Incluso se levantaron pueblos enteros que ya en la década de 1980 estaban completamente abandonados; es decir, no duraron ni 50 años. Las fotos de Atín son de los 90, cuando ya quienes quedaban allí aislados, en medio de la nada, eran sólo unos pocos. Eso fue lo primero que nos llamó la atención. Escribimos un esbozo de argumento hace unos años, se quedó ahí, y el invierno pasado lo retomamos. La película fue cogiendo forma poco a poco, dando giros sorprendentes hasta para nosotros.
RC: Sí, hablamos de una zona muy viva y casi salvaje, y creo que ese es el curso que ha llevado el guion. Creo que en su momento paramos el argumento de ‘La isla mínima’ precisamente porque nos separamos de la verosimilitud. Nos fuimos a lo sofisticado, estábamos muy estragados por el boom del cine de crímenes que había entonces y, sin querer, acabamos plastificando la idea, hasta asfixiarla.
AR: Cuando lo retomamos, ya habíamos escrito tres guiones juntos.
RC: Durante estos años, tú siempre tenías esa fijación por el decorado de las marismas, que compartías con nuestro director de fotografía.
AR: Es un sitio interesantísimo que desconoce mucho la gente. Yo creía conocerlo algo, pero hemos pasado tres semanas viviendo allí y entonces sí que te enteras de lo que es eso (risas). Tiene muy poco que ver con lo que parece: es un lugar completamente explosivo, tanto en lo humano como en el paisaje. Desde la vida, que aparece por todas partes, hasta todo tipo de cosas improbables que pueden ocurrir en cualquier momento.

De hecho, tengo entendido que el rodaje allí fue muy complicado.

AR: Lo que ha complicado más la película es que rodábamos en espacios naturales que se han comportado como les ha dado la gana. Cosas como buscar un sitio que no tuviera vegetación, ponerse a llover y que, una semana después, estuviera todo lleno de plantas. O las mareas, que parecen una tontería, pero el río sube y baja dos metros de nivel.
RC: Yo estuve en el rodaje de ‘Grupo 7’ y sé lo duro que fue, pero es que quienes me han hablado de éste dicen que ha sido peor.
AR: ‘La isla mínima’ va a ser una película muy sencilla en lo visual y cuando la gente la vea en salas no tendrá esa sensación, pero ha sido muy difícil de rodar.

Respecto a la situación temporal del filme, hay mucho interés reciente por lo retro, pero en vuestro caso no se ciñe a la mera recreación de una época.

AR: Se desarrolla en 1980, un año en que el país está en una convulsión que curiosamente es idéntica a la de ahora. Sólo hay que ver las noticias de ese momento y las actuales: la fragmentación del territorio nacional, la ley del aborto, la crisis económica que también había entonces… todo se parece mucho. También era un país que tendía a polarizarse, aunque entonces muchísimo más. De hecho, había tanta tensión que eso desembocaría en un golpe de estado cinco meses después.
RC: Que es el periodo en el que transcurre ‘La isla mínima’. Como dices, la ubicación temporal en nuestras películas no es un elemento decorativo o pop, sino que es bastante significante en la historia.

¿Cómo os acercáis a un tema tan espinoso como el secuestro y asesinato de unas menores?

AR: Yo creo que la película no es nada morbosa.
RC: En absoluto.
AR: Se habla de la muerte de una manera bastante aséptica.
RC: Y de forma honesta, diría yo. La mirada no es irrespetuosa ni sensacionalista, teniendo en cuenta que, al tratarse de una ficción, eso nos permitía mantener cierta distancia. No es que la muerte sea un pretexto en la película, pero sí tiene algo de carcasa de otro tipo de contenidos. No estamos hablando de carne, sino utilizándola para hablar de otra cosa.

Vuestros personajes protagonistas suelen ser hombres. ¿Habéis incorporado una perspectiva más de género en esta película?

AR: La película habla mucho de las mujeres de la época, aunque no salgan tanto como los personajes masculinos. Es un papel complicado el que tenía la mujer en ese contexto, estamos hablando de la España de la Transición en las zonas rurales.
RC: Es cierto que ‘Grupo 7’ es una película con mucha testosterona pero, por otro lado, los personajes que mueven la acción y que generan los giros argumentales son los femeninos.
AR: Sí, y particularmente en el caso de ‘Grupo 7’ el personaje más fuerte de la película es una mujer, la Caoba.
RC: En ‘La isla mínima’ los personajes femeninos no son protagónicos, pero desde luego son protagonistas en la cohesión general de la historia.

 

 

 

 

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